—No, es a ti a quien se te ocurren cosas como la del perro.

—Y tú—exclamó Rosa, tratando de desasirse de aquella inquisitoria que le molestaba—¿no tienes también tu pepona? ¿La has dado, o deshecho acaso?

—No—respondióle resueltamente su hermana—, pero la tengo guardada.

—¡Y tan guardada que no se la he podido descubrir nunca...!

—Es que Gertrudis la guarda para sí sola—dijo Ramiro sin saber lo que decía.

—Dios sabe para qué la guardo. Es un talismán de mi niñez.

El que iba poco, poquísimo, por casa del nuevo matrimonio era el bueno de don Primitivo. «El onceno no estorbar»—decía.

Corrían los días, todos iguales, en una y otra casa. Gertrudis se había propuesto visitar lo menos posible a su hermana, pero ésta venía a buscarla en cuanto pasaba un par de días sin que se viesen. «¿Pero qué, estás mala, chica? ¿O te sigue estorbando el perro? Porque si es así, mira, le echaré. ¿Por qué me dejas así, sola?»

—¿Sola, Rosa? ¿Sola? ¿Y tu marido?

—Pero él se tiene que ir a sus asuntos...