La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida al combate, dió a luz un niño.

Recojiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa lo lavó y envolvió en sus pañales.

—Es usted comadrona de nacimiento—le dijo el médico.

Tomó la criaturita y se la llevó a su padre, que en un rincón, aterrado y como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su mujer.

—¡Aquí tienes tu primer hijo, Ramiro; mírale qué hermoso!

Pero al levantar la vista el padre, libre del peso de su angustia, no vió sino los ojazos de su cuñada, que irradiaban una luz nueva, más negra pero más brillante que la de antes. Y al ir a besar a aquel rollo de carne que le presentaban como su hijo rozó su mejilla, encendida, con la de Gertrudis.

—Ahora—le dijo tranquilamente ésta—ve a dar las gracias a tu mujer, a pedirle perdón y a animarla.

—¿A pedirle perdón?