—¿Qué es eso de que estáis hablando?—dijo Rosa acercándose y dejándose caer abatida en un sillón.
—Nada, discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del matrimonio.
—¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de eso. Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros.
—¡Pero, mujer!
—Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a echarme. Adiós, Tula. Ahí te los dejo.
Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos manos y se incorporó y levantó trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en éste con ella y cojiéndole con la otra mano, con la diestra, de su diestra, se fué lentamente, así apoyada en él y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada uno de sus sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su rodrigón. Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto, serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos. Y el pequeñito, Ramirín, al ver llorar a su tía, a tita Tula, se echó a llorar también.
—Vamos, no llores; vamos a jugar.
De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa.
—Tengo malos presentimientos, Tula.
—No hagas caso de agüeros.