VIII
Gertrudis, que se había instalado en casa de su hermana desde que ésta dió por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día a su cuñado:
—Mira, voy a levantar mi casa.
El corazón de Ramiro se puso al galope.
—Sí—añadió ella—, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora del ama.
—Dios te lo pague, Tula.
—Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.
—¿Y qué más da?
—Yo lo sé.
—Mira, Gertrudis...