—¡Mira qué hermosura!—exclamó Gertrudis una tarde, al ocaso, en que estaban sentados frente al mar.
Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surgía de las olas como una flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante.
—¿Por qué le habrán cantado tanto a la luna los poetas?—dijo Ramiro;—¿por qué será la luz romántica y de los enamorados?
—No lo sé, pero se me ocurre que es la única tierra, porque es una tierra... que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella... es lo inaccesible... El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de bañarnos en su luz, pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos, mientras que en la luna creemos que se podría vivir y en paz y crepúsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero sentimos que no se puede llegar a ella... Es lo intangible...
—Y siempre nos da la misma cara... esa cara tan triste y tan seria... es decir, siempre ¡no! porque la va velando poco a poco y la oscurece del todo y otras veces parece una hoz...
—Sí—y al decirlo parecía como que Gertrudis seguía sus propios pensamientos sin oir los de su compañero, aunque no era así—; siempre enseña la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cómo será por el otro lado... cuál será su otra cara...
—Y eso añade a su misterio...
—Puede ser... puede ser... Me explico que alguien anhele llegar a la luna... ¡lo imposible!... para ver cómo es por el otro lado... para conocer y explorar su otra cara...
—La oscura...