—Cásate con ella, y se acabó.
XIV
Una profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de Ramiro con la hospiciana. Y ésta parecía aún más que antes la criada, la sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase ésta más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los niños, y que éstos se percataran lo menos posible de aquella convivencia íntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el caso.
Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a comer con los de casa? Porque esto exigió Gertrudis.
—Por Dios, señora—suplicaba la Manuela—, no me avergüence así... mire que me avergüenza... Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y sobre todo con los niños... y que hable de tú al señorito... ¡eso nunca!
—Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.
La preñez de Manuela fué, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le recomendaba que ocultase a los niños lo anormal de su estado.
Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que nunca al albedrío de Gertrudis.