—¿Y cómo no la despachaste tú?
—Qué sé yo... Le dije que el señorito no podía tardar, que si quería aguardarse...
—Pero podías haberle despachado como otras veces...
—Sí, pero... en fin, usted me entiende...
—¡Liduvina! ¡Liduvina!
—Es mejor que la despache usted mismo.
—Voy allá.
XVIII
—¡Hola, Rosarito!—exclamó Augusto apenas la vio.