—Es verdad. Y vamos, di, ¿os queréis?
—Pero ¡por Dios, don Augusto...!
—Mira, si es que vas a llorar te dejo.
La chica apoyó la cabeza en el pecho de Augusto, ocultándolo en él, y rompió a llorar procurando ahogar sus sollozos. «Esta chiquilla se me va a desmayar», pensó él mientras le acariciaba la cabellera.
—¡Cálmate! ¡cálmate!
—¿Y aquella mujer...?—preguntó Rosarito sin levantar la cabeza y tragándose sus sollozos.
—Ah, ¿te acuerdas? Pues aquella mujer ha acabado por rechazarme del todo. Nunca la gané, pero ahora la he perdido del todo, ¡del todo!
La chica levantó la frente y le miró cara a cara, como para ver si decía la verdad.
—Es que me quiere engañar...—susurró.
—¿Cómo que te quiero engañar? Ah, ya, ya. Conque esas tenemos, ¿eh? Pues ¿no dices que tenías novio?