—Sí, hace un momento.
—¿En qué dirección?
—Por ahí.
Y por ahí se dirigió Augusto. Pero al rato volvióse. Se le había olvidado la carta.
—¿Hará el favor, señora Margarita, de hacer llegar esta carta a las propias blancas manos de la señorita Eugenia?
—Con mucho gusto.
—Pero a sus propias blancas manos, ¿eh? A sus manos tan marfileñas como las teclas del piano a que acarician.
—Sí, ya, lo sé de otras veces.
—¿De otras veces? ¿Qué es eso de otras veces?
—Pero ¿es que cree el caballero que es ésta la primera carta de este género...?