—¿Pase lo que pase?

—Sí, pase lo que pase.

—Tú, tú eres la verdadera...—y fué a cojerla.

—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...

—Basta, te entiendo.

Y se despidieron.

Y al quedarse solo se decía Augusto: «entre una y otra me van a volver loco de atar... yo ya no soy yo...»

—Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así por el estilo—le dijo Liduvina mientras le servía la comida—; eso le distraería.

—¿Y como se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?

—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y... ¡ya ve usted!