—¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite parte del cariño de su marido?
—Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre le ponga a ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, del lujo; pero si le deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él...
—Si tiene hijos, ¿qué?
—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así molestias... Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le produce encima... si lleva a una mujer dinero que de otra saca, entonces...
—Entonces, ¿qué?
—Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay Otelas...
—Ni Desdémonos.
—¡Puede ser...!
—Pero qué cosas dices...
—Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa del señorito había servido yo en muchas casas de señorones... me han salido los dientes en ellas...