XXI
—Sí, tiene usted razón—le decía don Antonio a Augusto aquella tarde, en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito—, tiene usted razón, hay un misterio doloroso, dolorosísimo en mi vida. Usted ha adivinado algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar... ¿hogar?, pero habrá notado...
—Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a él...
—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, usted le habrá parecido un hogar sin hijos, acaso sin esposos...
—No sé... no sé...
—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van siempre con uno, que le rodean y envuelven como un ámbito misterioso. Mi pobre mujer...
—Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de...
—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted ha sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.
—Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted vive como su mujer, lo es.