«Está visto—se dijo Augusto—que a esta mozuela no la saco de ahí. Pero ya que está aquí, voy a poner en juego la psicología, a llevar a cabo un experimento.»
—¡Ven acá, siéntate aquí!—y le ofreció sus rodillas.
La muchacha obedeció tranquilamente y sin inmutarse, como a cosa acordada y prevista. Augusto en cambio quedóse confuso y sin saber por dónde empezar su experiencia psicológica. Y como no sabía qué decir, pues... hacía. Apretaba a Rosario contra su pecho anhelante y le cubría la cara de besos, diciéndose entre tanto: «Me parece que voy a perder la sangre fría necesaria para la investigación psicológica». Hasta que de pronto se detuvo, pareció calmarse, apartó a Rosario algo de sí y la dijo de repente:
—Pero ¿no sabes que quiero a otra mujer?
Rosario se calló, mirándole fijamente y encojiéndose de hombros.
—Pero ¿no lo sabes?—repitió él.
—¿Y a mí qué me importa eso ahora...?
—¿Cómo que no te importa?
—¡Ahora, no! Ahora me quiere usted a mí, me parece.
—Y a mí también me parece, pero...