—Y la Rosario aquella...

—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la Rosario!

Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla, volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:

—Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre, no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho de lo que con Mauricio me pasó—ya ves si te soy franca—hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena!—y al decir esto le dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.

—¡Eugenia!—y le tendió los brazos como para cojerla.

—¡Eh, cuidadito!—exclamó ella apartándoselos y hurtándose de ellos—¡cuidadito!

—Pues la otra vez... la última vez...

—¡Sí, pero entonces era diferente!

«Estoy haciendo de rana»—pensó el psicólogo experimental.

—¡Sí—prosiguió Eugenia—, a un amigo, nada más que amigo, pueden permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se debe otorgar al... vamos, al... novio!