—No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú crees, sino con otras.
—¡A ver! ¡a ver!
—No te alarmes. Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.
—Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino, nunca llegarás al fin de él». No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.
—Creo que hay otro medio mejor.
—¿Cuál?
—Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no...
—Si no...