Por la mente del novio pasaron, en tropel, extraños agüeros. «Esta parece saber algo», se dijo, y luego en voz alta:
—¿Es que sabes algo?
—¿Yo?—contestó ella fingiendo indiferencia y volvió a mirarle.
Entre los dos flotaba sombra de misterio.
—Supongo que la habrás olvidado...
—Pero ¿a qué esta insistencia en hablarme de esa... chiquilla?
—¡Qué sé yo!... Porque, hablando de otra cosa, ¿qué le pasará a un hombre cuando otro le quita la mujer a que pretendía y se la lleva?
A Augusto le subió una oleada de sangre a la cabeza al oir esto. Entráronle ganas de salir, correr en busca de Rosario, ganarla y volver con ella a Eugenia para decir a ésta: «¡Aquí la tienes, es mía, y no de... tu Mauricio!»
Faltaban tres días para el de la boda. Augusto salió de casa de su novia pensativo. Apenas pudo dormir aquella noche.
A la mañana siguiente, apenas despertó, entró Liduvina en su cuarto.