—Sí—le dije—, tú—y recalqué este con un tono autoritario—, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.

El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.

—¡No, no te muevas!—le ordené.

—Es que... es que...—balbuceó.

—Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.

—¿Cómo?—exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.

—Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester?—le pregunté.

—Que tenga valor para hacerlo—me contestó.

—No—le dije—, ¡que esté vivo!

—¡Desde luego!