—Sí, Eugenia Domingo del Arco, Avenida de la Alameda, 58.
—¿La profesora de piano?
—La misma. Pero...
—Sí, la conozco. Y ahora... ¡jaque otra vez!
—Pero...
—¡Jaque he dicho!
—Bueno...
Y Augusto cubrió el rey con un caballo. Y acabó perdiendo el juego.
Al despedirse, Víctor, poniéndose la diestra, a guisa de yugo, sobre el cerviguillo, le susurró al oído:
—Conque Eugenita la pianista, ¿eh? Bien, Augustito, bien; tú poseerás la tierra.