—¡Bueno, basta!, ¡basta!—exclamé dando un puñetazo en la camilla—¡cállate! ¡no quiero oir más impertinencias...! ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡muy pronto!
—¿Cómo?—exclamó Augusto sobresaltado—¿que me va usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?
—¡Sí, voy a hacer que mueras!
—¡Ah, eso nunca! ¡nunca! ¡nunca!—gritó.
—¡Ah!—le dije mirándole con lástima y rabia—¿conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?
—Sí, no es lo mismo...
—En efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida, salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida por la de otro renunció a su propósito.
—Se comprende—observó Augusto—; la cosa era quitar a alguien la vida, matar un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros...
—Ah, ya, te entiendo, Augusto, te entiendo. Tú quieres decir que si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauricio o a los dos no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?
—¡Mire usted, precisamente a esos... no!