—Pero si tú no eres sino lo que yo quiera...
—¡Quiero ser yo, ser yo! ¡quiero vivir!—y le lloraba la voz.
—No puede ser... no puede ser...
—Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera... Mire que usted no será usted... que se morirá...
Cayó a mis pies de hinojos, suplicante y exclamando:
—¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!
—¡No puede ser, pobre Augusto—le dije cojiéndole de una mano y levantándole—, no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata. Y no se me olvida que pasó por tu mente la idea de matarme...
—Pero si yo, don Miguel...
—No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato pronto acabes por matarme tú.
—Pero ¿no quedamos en que...?