—Pero ¿qué dice usted?
—Que no existo, Liduvina, que no existo; que soy un ente de ficción, como un personaje de novela...
—¡Bah, cosas de libros! Tome algo fortificante, acuéstese, arrópese y no haga caso de esas fantasías...
—Pero ¿tú crees, Liduvina, que yo existo?
—¡Vamos, vamos, déjese de esas andróminas, señorito; a cenar y a la cama! ¡Y mañana será otro día!
«Pienso, luego soy—se decía Augusto, añadiéndose—: Todo lo que piensa es y todo lo que es piensa. Sí, todo lo que es piensa. Soy, luego pienso.»
Al pronto no sentía ganas ningunas de cenar y no más que por hábito y por acceder a los ruegos de sus fieles sirvientes pidió le sirviesen un par de huevos pasados por agua, y nada más, una cosa lijerita. Mas a medida que iba comiéndoselos abríasele un extraño apetito, una rabia de comer más y más. Y pidió otros dos huevos, y después un bisteque.
—Así, así—le decía Liduvina—; coma usted; eso debe de ser debilidad y no más. El que no come se muere.
—Y el que come también, Liduvina—observó tristemente Augusto.
—Sí, pero no de hambre.