—La misma. ¿Qué, la conoces?
—Sí... de vista...
—No, algo más, Liduvina, algo más. Vamos, habla; mira que se trata del porvenir y de la dicha de tu amo...
—Es buena muchacha, sí, buena muchacha...
—Vamos, habla, Liduvina... ¡por la memoria de mi madre!...
—Acuérdese de sus consejos, señorito. Pero ¿quién anda en la cocina? ¿A que es el gato?...
Y levantándose la criada, se salió.
—¿Y qué, acabamos?—preguntó Domingo.
—Es verdad, Domingo, no podemos dejar así la partida. ¿A quién le toca salir?
—A usted, señorito.