Augusto pensó en la huída, pero el amor a Eugenia le contuvo. El otro prosiguió hablando, en esperanto también.

Augusto se decidió por fin.

—No le entiendo a usted una palabra, caballero.

—De seguro que le hablaba a usted en esa maldita jerga que llaman esperanto—dijo la tía, que a este punto entraba.—Y añadió dirigiéndose a su marido:—Fermín, este señor es el del canario.

—Pues no te entiendo más que tú cuando te hablo en esperanto—le contestó su marido.

—Este señor ha recojido a mi pobre Pichín, que cayó a la calle, y ha tenido la bondad de traérmelo. Y usted—añadió volviéndose a Augusto—¿quién es?

—Yo soy, señora, Augusto Pérez, hijo de la difunta viuda de Pérez Rovira, a quien usted acaso conocería.

—¿De doña Soledad?

—Exacto; de doña Soledad.

—Y mucho que conocí a la buena señora. Fué una viuda y una madre ejemplar. Le felicito a usted por ello.