—Lo que es eso...
—Nadie puede decir de esta agua no beberé.
—¡Son misteriosos los caminos de la Providencia!—exclamó don Fermín—. Dios...
—Pero, hombre—le arguyó su mujer—, ¿cómo se compadece eso de Dios con el anarquismo? Ya te lo he dicho mil veces. Si no debe mandar nadie, ¿qué es eso de Dios?
—Mi anarquismo, mujer, me lo has oído otras mil veces, es místico, es un anarquismo místico. Dios no manda como mandan los hombres. Dios es también anarquista, Dios no manda, sino...
—Obedece, ¿no es eso?
—Tú lo has dicho, mujer, tú lo has dicho. Dios mismo te ha iluminado. ¡Ven acá!
Cojió a su mujer, le miró en la frente, soplóle en ella, sobre unos rizos de blancos cabellos, y añadió:
—Te inspiró Él mismo. Sí, Dios obedece... obedece...
—Sí, en teoría, ¿no es eso? Y tú, Eugenita, déjate de bobadas, que se te presenta un gran partido.