—El señorito tiene otra cara.
—¿Lo crees?
—Naturalmente. ¿Y qué, se arregla lo de la pianista?
—¡Liduvina! ¡Liduvina!
—Tiene usted razón, señorito; pero ¡me interesa tanto su felicidad!
—¿Quién sabe qué es eso?...
—Es verdad.
Y los dos miraron al suelo, como si el secreto de la felicidad estuviese debajo de él.