—¿De la pianista? Sí.
—Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un...
—Sí, como un enamorado. Sigue.
—Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a sus tíos; la vi...
—Y te miró, ¿no es eso? ¿y creíste en Dios?
—No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que creí en Dios, sino que me creí un dios.
—Fuerte te entró, chico...
—¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me pasa; casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una primero que era todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?
—Pues eso es, querido Augusto, que tu repuesto de amor dormía inerte en el fondo de tu alma, sin tener dónde meterse; llegó Eugenia, la pianista, te sacudió y remejió con sus ojos esa charca en que tu amor dormía; se despertó éste, brotó de ella, y como es tan grande se extiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de veras de una mujer se enamora a la vez de todas las demás.
—Pues yo creí que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis, ¡mira qué morena! ¡es la noche luminosa! ¡Bien dicen que lo negro es lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz oculta se siente bajo su pelo, bajo el azabache de sus ojos? Vamos a seguirla...