—Como usted quiera, señorito.
El pobre fué a acostarse ardiéndole la cabeza. Y al echarse en la cama, a cuyos pies dormía Orfeo, se decía: «¡Ay, Orfeo, Orfeo, esto de dormir solo, solo, solo, de dormir un solo sueño! El sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia; el sueño de dos es ya la verdad, la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?»
Y cayó en el sueño.
XIII
Pocos días después de esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de Augusto diciéndole que una señorita preguntaba por él.
—¿Una señorita?
—Sí, ella, la pianista.
—¿Eugenia?
—Eugenia, sí. Decididamente no es usted el único que se ha vuelto loco.