Cerró los ojos y volvió a soñar aquella casa dulce y tibia, en que la luz entraba por entre las blancas flores bordadas en los visillos. Volvió a ver a su madre, yendo y viniendo sin ruido, siempre de negro, con aquella su sonrisa que era poso de lágrimas. Y repasó su vida toda de hijo, cuando formaba parte de su madre y vivía a su amparo, y aquella muerte lenta, grave, dulce e indolorosa de la pobre señora, cuando se fué como un ave peregrina que emprende sin ruido el vuelo. Luego recordó o resoñó el encuentro de Orfeo, y al poco rato encontróse sumido en un estado de espíritu en que pasaban ante él, en cinematógrafo, las más extrañas visiones.
Junto a él un hombre susurraba rezos. El hombre se levantó para salir y él le siguió. A la salida de la iglesia el hombre aquél mojó los dedos índice y corazón de su diestra en el aguabenditera y ofreció agua bendita a Augusto, santiguándose luego. Encontráronse juntos en la cancela.
—¡Don Avito!—exclamó Augusto.
—¡El mismo, Augustito, el mismo!
—Pero ¿usted por aquí?
—Sí, yo por aquí; enseña mucho la vida, y más la muerte; enseñan más, mucho más que la ciencia.
—Pero ¿y el candidato a genio?
Don Avito Carrascal le contó la lamentable historia de su hijo[1]. Y concluyó diciendo: «Ya ves, Augustito, cómo he venido a esto...»
[1] Historia que he contado en mi novela Amor y Pedagogía.
Augusto callaba mirando al suelo. Iban por la alameda.