—¡Ah, mi mujer!—exclamó Carrascal, y una lágrima que se le había asomado a un ojo pareció irradiarle luz interna—. ¡Mi mujer! ¡la he descubierto! Hasta mi tremenda desgracia no he sabido lo que tenía en ella. Sólo he penetrado en el misterio de la vida cuando en las noches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro reclinaba mi cabeza en el regazo de ella, de la madre, y lloraba, lloraba, lloraba. Y ella, pasándome dulcemente la mano por la cabeza, me decía: «¡Pobre hijo mío! ¡pobre hijo mío!» Nunca, nunca ha sido más madre que ahora. Jamás creí al hacerla madre, ¿y cómo?, nada más que para que me diese la materia prima del genio... jamás creí al hacerla madre que como tal la necesitaría para mí un día. Porque yo no conocí a mi madre, Augusto, no la conocí; yo no he tenido madre, no he sabido lo que es tenerla hasta que al perder mi mujer a mi hijo y suyo se ha sentido madre mía. Tú conociste a tu madre, Augusto, a la excelente doña Soledad, si no te aconsejaría que te casases.
—La conocí, don Avito, pero la perdí, y ahí, en la iglesia, estaba recordándola...
—Pues si quieres volver a tenerla, ¡cásate, Augusto, cásate!
—No, aquélla no, aquélla no la volveré a tener.
—Es verdad, pero ¡cásate!
—¿Y cómo?—añadió Augusto con una forzada sonrisa y recordando lo que había oído de una de las doctrinas de don Avito—¿cómo? ¿deductiva o inductivamente?
—¡Déjate ahora de esas cosas; por Dios, Augusto, no me recuerdes tragedias! Pero... en fin, si te he de seguir el humor, ¡cásate intuitivamente!
—¿Y si la mujer a quien quiero no me quiere?
—Cásate con la mujer que te quiera, aunque no la quieras tú. Es mejor casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo. Busca una que te quiera.
Por la mente de Augusto pasó en rapidísima visión la imagen de la chica de la planchadora. Porque se había hecho la ilusión de que aquella pobrecita quedó enamorada de él.