—Y, es claro, yo, aun sin decírselo, le echaba la culpa a ella y me decía: «Esta mujer es estéril y te pone en ridículo». Y ella, por su parte, no me cabía duda, me culpaba a mí, y hasta suponía, qué sé yo...
—¿Qué?
—Nada, que cuando pasa un año y otro y otro y el matrimonio no tiene hijos, la mujer da en pensar que la culpa es del marido y que lo es porque no fué sano al matrimonio, porque llevó cualquier dolencia... El caso es que nos sentíamos enemigos el uno del otro; que el demonio se nos había metido en casa. Y al fin estalló el tal demonio y llegaron las reconvenciones mutuas y aquello de «tú no sirves» y «quien no sirve eres tú» y todo lo demás.
—¿Sería por eso que hubo una temporada, a los dos o tres años de haberte casado, que anduviste tan malo, tan preocupado, neurasténico? ¿cuando tuviste que ir solo a aquel sanatorio?
—No, no fué eso... fué algo peor.
Hubo un silencio. Víctor miraba al suelo.
—Bueno, bueno, guárdatelo; no quiero romper tus secretos.
—¡Pues sea, te lo diré! Fué que exacerbado por aquellas querellas intestinas con mi pobre mujer, llegué a imaginarme que la cuestión dependía no de la intensidad o de lo que sea, sino del número, ¿me entiendes?
—Sí, creo entenderte...
—Y di en dedicarme a comer como un bárbaro lo que creí más sustancioso y nutritivo y bien sazonado con todo género de especias, en especial las que pasan por más afrodisíacas, y a frecuentar lo más posible a mi mujer. Y, claro...