—¡Hombre!—exclamó Augusto alarmado.
—¡No, no, Augusto, no, no! No hemos perdido el sentido moral, y Elena, que es como sabes profundamente religiosa, acata, aunque a regañadientes, los designios de la Providencia y se resigna a ser madre. Y será buena madre, no me cabe de ello duda, muy buena madre. Pero es tal el sentimiento del ridículo en ella, que para ocultar su estado, para encubrir su embarazo, la creo capaz de cosas que... En fin, no quiero pensar en ello. Por de pronto, hace ya una semana que no sale de casa; dice que le da vergüenza, que se le figura que van a quedársela todos mirándola en la calle. Y ya habla de que nos vayamos, de que si ella ha de salir a tomar el aire y el sol cuando esté ya en meses mayores, no ha de hacerlo donde haya gentes que la conozcan y que acaso vayan a felicitarle por ello.
Callaron los dos amigos un rato, y después que el breve silencio selló el relato dijo Víctor.
—Conque ¡anda, Augusto, anda y cásate, para que acaso te suceda algo por el estilo; anda y cásate con la pianista!
—Y ¡quién sabe...!—dijo Augusto como quien habla consigo mismo—¡quién sabe...! Acaso casándome volveré a tener madre...
—Madre, sí—añadió Víctor—, ¡de tus hijos! Si los tienes...
—¡Y madre mía! Acaso ahora, Víctor, empieces a tener en tu mujer una madre, una madre tuya.
—Lo que voy a empezar ahora es a perder noches...
—O a ganarlas, Víctor, o a ganarlas.
—En fin, que no sé lo que me pasa, ni lo que nos pasa. Y yo por mí creo que llegaría a resignarme; pero mi Elena, mi pobre Elena... ¡Pobrecita!