Al decir esto se reía con una risa que sonaba a llanto.
Raquel.—Será tu mujer, y de tu mujer, ¡claro está!, no podré tener celos...
Don Juan.—Pero ella los tendrá de ti...
Raquel.—¡Natural! Y ello ayudará a nuestra obra. Os casaréis, os darán gracia, mucha gracia, muchísima gracia, y criaréis por lo menos un hijo... para mí. Y yo le llevaré al cielo.
Don Juan.—No blasfemes...
Raquel.—¿Sabes tú lo que es el cielo? ¿Sabes lo que es el infierno? ¿Sabes dónde está el infierno?
Don Juan.—En el centro de la tierra, dicen.
Raquel.—O en el centro de un vientre estéril acaso...
Don Juan.—¡Raquel...! ¡Raquel...!
Raquel.—Y ven, ven acá...