Don Juan.—Sí; pero...
Raquel.—Sí, hasta eso lo tenemos que arreglar bien. Ellos no saben cómo tú eres mío, michino, y cómo es mío, mío sólo, todo lo tuyo. Y no saben cómo será mío el hijo que tengas de su hija... Porque lo tendrás, ¿eh, michino? ¿Lo tendrás?
Y aquí las palabras le cosquilleaban en el fondo del oído al pobre don Juan, produciéndole casi vértigo.
Raquel.—¿Lo tendrás, Juan, lo tendrás?
Don Juan.—Me vas a matar, Raquel...
Raquel.—Quién sabe... Pero antes dame el hijo... ¿Lo oyes? Ahí está la angelical Berta Lapeira. ¡Angelical! Ja... ja... ja...
Don Juan.—¡Y tú, demoníaca!—gritó el hombre poniéndose en pie y costándole tenerse así.
Raquel.—El demonio también es un ángel, michino...
Don Juan.—Pero un ángel caído...
Raquel.—Haz, pues, caer a Berta; ¡hazla caer...!