Don Juan.—¡Mujeres... sí! ¡Pero mujer, lo que se dice mujer, no!
Berta.—¿Y la viuda esa, Raquel?
Berta se sorprendió de que le hubiese salido esto sin violencia alguna, sin que le tambaleara la voz, y de que Juan se lo oyera con absoluta tranquilidad.
Don Juan.—Esa mujer, Berta, me ha salvado; me ha salvado de las mujeres.
Berta.—Te creo. Pero ahora...
Don Juan.—Ahora sí, ahora necesito salvarme de ella.
Y al decir esto sintió Juan que la mirada de los tenebrosos ojos viudos le empujaba con más violencia.
Berta.—Y puedo yo servirte de algo en eso...
Don Juan.—Oh, Berta, Berta...
Berta.—Vamos, sí, tú, por lo visto, quieres que sea yo quien me declare...