Raquel.—¡Oh, recuerdos de mi infancia...!
Berta.—¿Cómo?
Raquel.—No quiera saber más, Berta. ¿Para qué...?
¡No; ella, Berta, no podía querer saber más! ¡Sabía ya demasiado! ¡Ojalá no supiera tanto! ¡Ojalá no se hubiera dejado tentar de la serpiente a probar de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal! Y sus padres, sus buenos padres, parecían como huídos de la casa. Había que llevarles la nietecita a que la vieran. ¡Y era la nodriza quien se la llevaba...!
Lo que sintió entonces Berta fué encendérsele en el pecho una devoradora compasión de su hombre, de su pobre Juan. Tomábale en sus brazos flacos como para ampararle de algún enemigo oculto, de algún terrible peligro, y apoyando su cabeza sudorosa y desgreñada sobre el hombro de su marido lloraba, lloraba, lloraba, mientras su pecho, agitado por convulsos sollozos, latía sobre el pecho acongojado del pobre don Juan. Y como una de estas veces la esposa madre gimiese «¡Hijo mío! ¡Hijo mío...! ¡Hijo mío...!», quedóse luego como muerta de terror al ver la congoja de muerte que crispó, enjabelgándola, la cara de su Juan.
Berta.—¿Qué te pasa, hijo mío? ¿Qué tienes?
Don Juan.—Calla, Quelina, calla, que me estás matando...
Berta.—Pero si estás conmigo, Juan, conmigo, con tu Berta...
Don Juan.—No sé dónde estoy.
Berta.—¿Pero qué tienes, hijo...?