Tristán había caído en una tristeza indefinible y se sentía envejecer. «Soy como una dependencia de la casa, casi un mueble»—se decía—. Y desde la calleja solía contemplar el balcón del que fué dormitorio de Luisa, balcón ya sin tiestos de flores.
—Si volviésemos a poner flores en tu balcón, Luisa...—se atrevió a decirle una vez a su mujer.
—Aquí no hay más flor que el marqués—le contestó ella.
El pobre sufría con que a su hijo no se le llamase sino el marqués. Y huyendo de casa, dió en refugiarse en la catedral. Otras veces salía, yéndose no se sabía adónde. Y lo que más le irritaba era que su mujer ni intentaba averiguarlo.
Luisa sentíase morir, que se le derretía gota a gota la vida. «Se me va la vida como un hilito de agua—decía—; siento que se me adelgaza la sangre; me zumba la cabeza, y si aún vivo, es porque me voy muriendo muy despacio... Y si lo siento, es por él, por mi marquesito, sólo por él... ¡Qué triste vida la de esta casa sin sol...! Yo creí que tú, Tristán, me hubieses traído sol y libertad y alegría; pero no, tú no me has traído más que al marquesito... ¡Tráemelo!» Y le cubría de besos lentos, temblorosos y febriles. Y a pesar de que se hablaran, entre marido y mujer se interponía una cortina de helado silencio. Nada decían de lo que más les atormentaba las mentes y los pechos.
Cuando Luisa sintió que el hilito de su vida iba a romperse, poniendo su mano fría sobre la frente del niño, de Rodriguín, le dijo al padre: «Cuida del marqués. ¡Sacrifícate al marqués! ¡Ah, y a ella dile que la perdono!» «¿Y a mí?»—gimió Tristán—. «¿A ti? ¡Tú no necesitas ser perdonado!» Palabras que cayeron como una terrible sentencia sobre el pobre hombre. Y poco después de oírlas se quedó viudo.
***
Viudo, joven, dueño de una considerable fortuna, la de su hijo el marqués, y preso en aquel lúgubre caserón cerrado al sol, con recuerdos que siendo de muy pocos años le parecían ya viejísimos. Pasábase las horas muertas en un balcón de la trasera de la casona, entre la yedra, oyendo el zumbido del río. Poco después reanudaba las sesiones del tresillo. Y se pasaba largos ratos encerrado con el penitenciario, revisando, se decía, los papeles del difunto marqués y arreglando su testamentaría.
Pero lo que dió un día que hablar en toda la ciudad de Lorenza fué que, después de una ausencia de unos días, volvió Tristán a la casona con Carolina, su cuñada, y ahora su nueva mujer. ¿Pues no se decía que había entrado monja? ¿Dónde y cómo vivió durante aquellos cuatro años?
Carolina volvió arrogante y con un aire de insólito desafío en la mirada. Lo primero que hizo al volver fué mandar quitar el lienzo de luto que cubría el escudo de la casa. «Que le da el sol—exclamó—, que le da el sol, y soy capaz de mandar embadurnarlo de miel para que se llene de moscas.» Luego mandó quitar la yedra. «Pero Carolina—suplicaba Tristán—, ¡déjate de antiguallas!»