—¡Y qué le voy a hacer, Victorino! Ilústrame tú, que eres aquí el único de algún talento...
—Pues lo que aquí hace falta, ya te lo he dicho cien veces, es que vigiles a Julia y le impidas que ande con esos noviazgos estúpidos, en que pierden el tiempo, las proporciones y hasta la salud las renatenses todas. No quiero nada de reja, nada de pelar la pava; nada de novios estudiantillos.
—¿Y qué le voy a hacer?
—¿Qué le vas a hacer? Hacerla comprender que el porvenir y el bienestar de todos nosotros, de ti y mío, y la honra, acaso, ¿lo entiendes...?
—Sí, lo entiendo.
—¡No, no lo entiendes! La honra, ¿lo oyes?, la honra de la familia depende de su casamiento. Es menester que se haga valer.
—¡Pobrecilla!
—¿Pobrecilla? Lo que hace falta es que no empiece a echarse novios absurdos, y que no lea esas novelas disparatadas que lee, y que no hacen sino levantarle los cascos y llenarle la cabeza de humo.
—¡Pero y qué quieres que haga...!
—Pensar con juicio, y darse cuenta de lo que tiene con su hermosura, y saber aprovecharla.