—Bueno, pregunta y acabemos.
—No, no te lo pregunto.
—¡Pregúntamelo!
Y de tal modo lo dijo, con tan redondo egoísmo, que ella, temblando de aquel modo, que era, a la vez que miedo, amor, amor rendido de esclava favorita, le dijo:
—Pues bueno, dime: ¿tú eres viudo...?
Pasó como una sombra un leve fruncimiento de entrecejo por la frente de Alejandro, que respondió:
—Sí, soy viudo.
—¿Y tu primera mujer?
—A ti te han contado algo...
—No; pero...