—Me alegro, si eso te divierte. Es para lo que sirve el pobre mentecato.
—Pues a mí me parece un hombre inteligente y culto, y muy bien educado y muy simpático...
—Sí, de los que leen novelas. Pero, en fin, si eso te distrae...
—Y muy desgraciado.
—¡Bah; él se tiene la culpa!
—¿Y por qué?
—Por ser tan majadero. Es natural lo que le pasa. A un mequetrefe como el conde ése es muy natural que le engañe su mujer. ¡Si eso no es un hombre! No sé cómo hubo quien se casó con semejante cosa. Por supuesto, que no se casó con él, sino con el título. ¡A mí me había de hacer una mujer lo que a ese desdichado le hace la suya...!
Julia se quedó mirando a su marido, y de pronto, sin darse apenas cuenta de lo que decía, exclamó:
—¿Y si te hiciese? Si te saliese tu mujer como a él le ha salido la suya.
—Tonterías—y Alejandro se echó a reír—. Te empeñas en sazonar nuestra vida con sal de libros. Y si es que quieres probarme dándome celos, te equivocas. ¡Yo no soy de ésos! ¿A mí con ésas? ¿A mí? Diviértete en embromar al majadero de Bordaviella.