—¡No, no; no quería decir eso..., no!
—¿Pues qué es lo que usted quería decir, conde?
—Antes de haberse usted entregado a ese otro hombre, a su marido...
—¿Y usted sabe que me habría entonces entregado a usted?
—¡Oh, sin duda, sin duda...!
—¡Qué petulantes son ustedes los hombres!
—¿Petulantes?
—Sí, petulantes. Ya se supone usted irresistible.
—¡Yo... no!
—¿Pues quién?