—¡Pero don Alejandro, usted se está burlando de nosotros!—exclamó uno de los padrinos.
—¡Nada de eso! Ustedes son de un mundo y yo de otro. Ustedes vienen de padres ilustres, de familias linajudas... Yo, se puede decir que no he tenido padres ni tengo otra familia que la que yo me he hecho. Yo vengo de la nada, y no quiero entender esas andróminas del Código del honor. ¡Conque ya lo saben ustedes!
Levantáronse los padrinos, y uno de ellos, poniéndose muy solemne, con cierta energía, mas no sin respeto—que al cabo se trataba de un poderoso millonario y hombre de misteriosa procedencia—, exclamó:
—Entonces, señor don Alejandro Gómez, permítame que se lo diga...
—Diga usted todo lo que quiera; pero midiendo sus palabras, que ahí tengo a la mano otra botella.
—¡Entonces—y levantó más la voz—, señor don Alejandro Gómez, usted no es un caballero!
—¡Y claro que no lo soy, hombre, claro que no lo soy! ¡Caballero yo! ¿Cuándo? ¿De dónde? Yo me crié burrero y no caballero, hombre. Y ni en burro siquiera solía ir a llevar la merienda al que decían que era mi padre, sino a pie, a pie y andando. ¡Claro que no soy un caballero! ¿Caballerías? ¿Caballerías a mí? ¿A mí? Vamos..., vamos...
—Vámonos, sí—dijo un padrino al otro—, que aquí no hacemos ya nada. Usted, señor don Alejandro, sufrirá las consecuencias de esta su incalificable conducta.
—Entendido, y a ellas me atengo. Y en cuanto a ese..., a ese caballero de lengua desenfrenada a quien descalabré la cabeza, díganle, se lo repito, que me pase la cuenta del médico, y que tenga en adelante cuenta con lo que dice. Y ustedes, si alguna vez—que todo pudiera ser—necesitaran algo de este descalificado, de este millonario salvaje, sin sentido del honor caballeresco, pueden acudir a mí, que los serviré, como he servido y sirvo a otros caballeros.
—¡Esto no se puede tolerar, vámonos!—exclamó uno de los padrinos.