A la entrada del estrecho de Magallanes, en el cabo de las Once mil vírgenes, naufragó la Sancti Spíritus, ahogándose nueve hombres y salvándose los demás a costa de grandes esfuerzos.
El 30 de julio de 1526, en las inmediaciones del cabo Pescado, falleció Loaysa, con «mucha tristesa y dolor en los que en aquella nave capitana iban». «Así como fué muerto y con sendos Paternósters y Avemarías por su ánima, que cada uno de los presentes dixo, echado su cuerpo en la mar», abrieron una real orden, en la que se determinaba la sucesión y elección en el mando del general, capitanes y oficiales designados primeramente.
En ese documento, expedido en Toledo a 3 de mayo de 1525, se prescribía: «Y porque podría ser, lo que Dios no quiera, que el dicho capitán general e capitanes e oficiales nuestros, que van en la dicha armada, fallecieren así a la ida como allá y en la vuelta, mando que, en... muriendo o quedando el dicho comendador Loysa en la dicha tierra..., venga por capitán general de la dicha armada Juan Sebastián del Cano, capitán de la segunda nave...»
Así se hizo; pero Juan Sebastián estaba muy enfermo, y el 4 de agosto de 1526 «le llevó Dios, y le hiçieron las mismas obsequias y le dieron la misma sepoltura que se le dió al comendador y le echaron en essa mar.»
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De la extensión y brillantez del imperio de Carlos V, labradas en grandísima parte por nuestros descubridores y conquistadores en América y Oceanía, se han descrito magníficos cuadros en aquella época y en la moderna.
Célebre es por su majestuosidad el de Macaulay en las primeras páginas de su ensayo sobre la Guerra de Sucesión, y muy estimable el de Martín H. Hume, en su Historia del pueblo español; pero es a Gonzalo Fernández de Oviedo a quien se le deben las expresiones más entusiásticas acerca de la obra realizada por aquellos hombres que ensancharon los dominios de España, los del mundo conocido entonces y los de la civilización universal.
Aunque graves autores han ensalzado desde tiempos antiguos a nuestra nación por sus ingenios, su valor y su esfuerzo, nada tan merecedor de loa como las hazañas de los españoles en las Indias, ya en el ejercicio de las armas en tierra, ya en el Océano, con excesivos e innumerables trabajos, sin temor al cansancio ni a los peligros, con no pocas hambres y enfermedades y muy frecuentemente con absoluto desinterés. Ellos encontraron otro hemisferio no menos amplio que Europa, Asia y Africa. Alejandro Magno y sus soldados no dejaron de ver el polo ártico ni cuando más se alejaron de su país. En el antártico ondeó la bandera de Castilla en más reinos y estados que cuantos tuvieron debajo de su cetro cada uno de todos los príncipes habidos desde el principio del mundo hasta Carlos V. Los asirios, los sicionios, los macedonios, los persas, los corintios, los atenienses, los tebanos, los partos, los egipcios, los cartagineses, los romanos y otros señoríos estaban comprendidos en el polo ártico. Los del emperador se extendían por ambos hemisferios, no pudiendo equipararse con tantas proezas y adquisiciones las fabulosas novelas de Jasón y Medea con su vellocino de oro.
Tales son, en resumen, las alabanzas tributadas al Imperio de Carlos V y a quienes maravillosamente lo dilataron, por Fernández de Oviedo, que las corona con estas palabras: «Callen los pregoneros de Theseo aquel laberinto y su Minotauro, pues que, sabida la verdad, essas metháporas, reduçidas a historia çierta, son unas burlas y niñerías si se cotejan y traen a comparación de lo que en estas nuestras Indias se ha visto y se ve cada día en nuestro tiempo, y lo han visto mis ojos y otros muchos a quien en esta edad ni en las venideras no podrán en verdad contradeçir envidiosos, enemigos de tan valerosa y experimentada naçión y tan jubilada en virtudes».