Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguían disputando, Perseo saltó de detrás de la zarza y se hizo dueño de la presa. El ojo maravilloso, al pasar a su mano, centelleó más brillante que nunca, y pareció mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma expresión que si hubiese tenido un par de párpados para hacer un guiño. Las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que había sucedido, y suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las pobres viejas se insultasen más de lo necesario, y creyó que había llegado el momento de las explicaciones.

—Señoras mías—dijo—, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas con otras. Si hay aquí algún culpable, ese soy yo, porque tengo el honor de llevar en la mano vuestro brillantísimo y excelentísimo ojo.

—¡Tú, tú tienes nuestro ojo! ¿Y quién eres tú?—chillaron a un tiempo las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchísimo al oir una voz extraña y comprender que su vista había caído en manos no sabían de quién—. ¡Ay, hermanas, hermanas! ¿Qué vamos a hacer? ¡Todas estamos en la obscuridad! ¡Danos nuestro ojo precioso y único! ¡Tú tienes dos para ti solo!

—Diles—apuntó Azogue a Perseo—que se lo entregarás en cuanto te hayan dicho dónde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que vuelan, el saco mágico y el yelmo de la invisibilidad.

—Mis queridas, buenas y admirables señoras—dijo Perseo, dirigiéndose a las Tres Mujeres Grises—: no hay motivo para que se asusten ustedes de ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolveré a ustedes el ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dónde puedo encontrar a las Ninfas.

—¿A las Ninfas? ¡Pobres de nosotras, hermanas! ¿Qué dice este hombre?—gritó Espanto—. La gente asegura que hay muchísimas Ninfas: unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre los árboles, otras que tienen cómoda habitación en el agua de las fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos tenido más que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado. ¡Devuélvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devuélvenosle!

Y las tres mujeres extendían la mano, intentando coger a Perseo. Pero él tenía buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.

—Respetables señoras mías—dijo, porque su madre le había enseñado a emplear siempre la mayor cortesía—: tengo el ojo en la mano, y lo conservaré con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad de decirme dónde están las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... ¿cómo se llama?... ¡ah, sí!, el yelmo de la invisibilidad.

—¡Desgraciadas de nosotras, hermanas! ¿De qué habla este joven?—exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigiéndose unas a otras con gran apariencia de asombro—. ¡Un par de sandalias que vuelan! Pero, ¿no comprende que si tuviera la locura de ponerse semejante calzado, los pies le echarían a volar por encima de la cabeza? ¡Y un yelmo de invisibilidad! ¿Cómo puede un yelmo hacer invisible a un hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? ¡Y, por si era poco, un saco encantado! ¿Qué clase de bolso será ese? No, no, buen amigo; no podemos decirte nada de todas esas maravillas. Tú tienes tus dos ojos, y nosotras uno para las tres; mejor podrás tú que nosotras, pobres mujeres ciegas, encontrar todo lo que necesitas.

Perseo, oyéndolas hablar de aquel modo, empezó a creer que, en realidad, las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que les preguntara, y le daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de devolverles el ojo, pidiéndoles perdón por la molestia que les había causado; pero Azogue le sujetó la mano.