—Ahora—susurró Azogue, que seguía al lado de Perseo—, ahora es el tiempo que has de aprovechar para tu hazaña. ¡Apresúrate, porque si una de las Gorgonas despierta, será demasiado tarde!

—¿A cuál es a la que debo herir?—preguntó Perseo sacando la espada y bajando un poco más—. Las tres parecen iguales. Las tres tienen cabellera de serpientes. ¿Cuál de las tres es Medusa?

Hay que saber que Medusa era la única de aquellos tres monstruos a quien Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible hacerles el menor daño, aunque hubiese tenido la espada mejor templada del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.

—Sé prudente—le dijo la misma voz tranquila que antes le había hablado—. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueño, y precisamente se va a volver. ¡Esa es Medusa! ¡No la mires! ¡Su vista te convertiría en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el brillante espejo de tu escudo.

Perseo comprendió entonces por qué motivo le había aconsejado Azogue que puliese su escudo con tanto afán. En aquella superficie podía mirar con tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y allí estaba aquel rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la luna cayendo de plano sobre él y descubriendo todo su horror. Las serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permitía dormir por completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro más fiero y más horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, había en él una extraña, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban cerrados, porque la Gorgona dormía aún profundamente; pero sus facciones estaban conturbadas por una expresión inquieta, como si el monstruo sufriese algún mal sueño. Rechinaba los dientes y arañaba la arena con sus garras de bronce.

Las serpientes también parecían sentir el sueño de Medusa e inquietarse con él cada vez más. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, se retorcían furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir los ojos.

—¡Ahora, ahora!—murmuró Azogue, que se iba impacientando—. ¡Hiere al monstruo!

—Pero con calma—dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven—. Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no errar el primer golpe.

Perseo bajó, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto más se acercaba, más terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo metálico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en que podía alcanzarla con el brazo, Perseo levantó la espada. En el mismo instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se alzaron amenazadoras, y Medusa abrió los ojos. Pero despertó demasiado tarde. La espada era cortante. El golpe cayó como un rayo, y la cabeza de la horrible Medusa rodó separada del cuerpo.

—¡Admirablemente hecho!—dijo Azogue—. Apresúrate y mete la cabeza en el saco mágico.