Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron, todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería perder la suya.
—Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.
Perseo suspiró.
—¡Ahora mismo!—repitió Polidectes—, o mueres.
—¡Miradla entonces!—exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín.
Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado rey Polidectes.
—¿Qué, no ha sido un cuento bonito?—preguntó Eustaquio.
—¡Ay, sí, sí!—exclamó Capuchina, palmoteando—. ¡Y esas viejas tan raras, que no tenían más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa más extraña!
—En lo del diente—observó Primavera—no hay prodigio alguno. Supongo que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez!
—¡Ah!, ¿no era hermana suya?—preguntó Eustaquio—. Si se me hubiese ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho favorito.