—Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio—exclamaron a una todos los chiquillos—: no hables más de tus cuentos, y empieza a contar.
—Sentaos todos—dijo Eustaquio—, y callad, porque a la primera interrupción, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de cualquier otro, daré un mordisco al cuento, y me tragaré el pedazo que falte por contar. Pero, en primer lugar, ¿alguno de vosotros sabe lo que es una Gorgona?
—Yo, sí—dijo Primavera.
—¡Pues, cállatelo!—replicó Eustaquio, que hubiese preferido que no hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto—. Callad todos, y os contaré un cuento preciosísimo de la cabeza de una Gorgona.
Y así lo hizo, como podéis empezar a leer en la página siguiente.
LA CABEZA DE LA GORGONA
Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando Perseo era muy pequeño, unos malvados le pusieron con su madre en un arca y los lanzaron a las ondas. Sopló el viento fuertemente, y alejó el arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cáscara de nuez. Danae estrechó a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos que una ola mayor que las demás les sepultara para siempre en el fondo del Océano. El arca siguió, sin embargo, navegando, y no se hundió ni zozobró, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla, que se enredó entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes, que era hermano del pescador que había recogido por casualidad en sus redes a los pobres náufragos.