—Guardaré tu secreto, como guardo el suyo, dijo Ester.

—Júralo, replicó el otro.

Y ella prestó el juramento.

—Y ahora, Ester,—dijo el anciano Rogerio Chillingworth, como había de llamarse en lo sucesivo,—te dejo sola: sola con tu hija y con la letra escarlata. ¿Qué es eso, Ester? ¿Te obliga la sentencia á dormir con la letra? ¿No tienes temor de que te asalten pesadillas y sueños horribles?

—¿Por qué me miras y te sonríes de ese modo?—le preguntó Ester toda inquieta al ver la expresión de sus ojos.—¿Eres acaso como el Hombre Negro que recorre las selvas que nos rodean? ¿Me has inducido á aceptar un pacto que dará por resultado la perdición de mi alma?

—No la de tu alma,—respondió el médico con otra sonrisa. ¡No; no la de tu alma!

V
ESTER AGUJA EN MANO

TERMINADO el período de encarcelamiento á que fué condenada Ester, se abrieron las puertas de la prisión y salió á la luz del sol que, brillando lo mismo para todos, le parecía sin embargo á su mórbida imaginación que había sido creado con el único objeto de revelar la letra escarlata que llevaba en el seno de su vestido. Quizá padeció moralmente más cuando, habiendo cruzado los umbrales de la cárcel, empezó á moverse libre y sola, que no en medio de la muchedumbre y espectáculo que quedan descritos, donde se hizo pública su vergüenza y donde todos la señalaron con el dedo. En aquel entonces se encontraba sostenida por una tensión sobrenatural de los nervios y toda la energía batalladora de su carácter, que la ayudaban á convertir aquella escena en una especie de lóbrego triunfo. Fué, además, un acontecimiento aislado y singular que solo ocurriría una vez durante su vida; y para arrostrarlo tuvo que gastar toda la fuerza vital que habría bastado para muchos años de tranquilidad y calma. La misma ley que la condenaba, la había sostenido durante la terrible prueba de su ignominia. Pero ahora, fuera ya de la prisión, sola y sin compañía en el sendero de la vida, empezaba para ella una nueva existencia, y tenía que sostenerse y proseguir adelante con los recursos que le proporcionara su propia naturaleza, ó de lo contrario, sucumbir. No podía contar con lo porvenir para sobrellevar su dolor presente. El día de mañana aportaría su ración de pesadumbre, y lo mismo el siguiente y los sucesivos: cada uno traería su propio pesar que, en esencia, era sin embargo el mismo que ahora le parecía tan inmensamente doloroso. Los años por venir se sucederían unos á otros, y ella tendría que continuar sobrellevando la misma carga, sin poder jamás arrojarla; pues la sucesión de días y de años no haría más que acumular miseria sobre ignominia. Durante todo ese tiempo, despojándose Ester de su propia individualidad, se convertiría en el ejemplo vivo de que podrían servirse el moralista y el predicador para encarecer sus imágenes de fragilidad femenina y de pasión pecaminosa. Le diría á la joven y á la pura, que contemplasen la letra escarlata que brillaba en su seno,—que se fijasen en esa mujer, la hija de padres honrados,—la madre de una criaturita que más adelante sería también una mujer,—que recordasen que en un tiempo había sido inocente—y que vieran ahora en ella la imagen, la encarnación, la realidad del pecado; y sobre su tumba, la infamia que la había acompañado en vida, sería también su único monumento.

Parecerá sorprendente, que con el mundo abierto ante ella, sin ninguna restricción en su sentencia que la impidiera dejar aquella obscura y remota colonia puritana y volver al lugar de su nacimiento, ó á cualquiera otro país europeo, y ocultar allí su persona y su identidad, bajo un nuevo exterior, como si empezara por completo otra existencia,—y teniendo también á su alcance los bosques sombríos y casi impenetrables, donde lo impetuoso de su sér espiritual podría asimilarse al pueblo cuyas costumbres y vida nada tenían de común con la ley que la había condenado;—parecerá sorprendente, repito, que esta mujer pudiera aún dar el nombre de hogar á aquel sitio donde había ella de ser el tipo de la ignominia. Pero hay una especie de fatalidad, un sentimiento tan irresistible é inevitable, que tiene toda la fuerza del destino, que casi obliga invariablemente á los hombres á permanecer y vagar, á manera de espectros, en el lugar mismo en que un acontecimiento grande y notable ha influído en el curso de su vida, y que es tanto más irresistible cuanto más sombría ha sido su influencia. Su pecado, su ignominia, eran las raíces que la retenían en aquel suelo, que había llegado á convertirse en el hogar permanente y final de Ester. Todos los otros sitios del mundo, aun aquella aldea de Inglaterra donde corrieron su infancia feliz y su juventud inmaculada, se habían convertido en cosas extrañas. Los lazos que la ataban á este nuevo suelo estaban formados de eslabones de hierro que penetraban en lo más íntimo de su alma, sin que jamás llegaran á romperse.

Pudiera ser también,—y sin duda lo era aunque se lo ocultaba á sí propia, y palidecía cuando luchaba por salir de su corazón como una serpiente de su agujero,—pudiera ser también que otro sentimiento la hiciera permanecer en el lugar que tan funesto le había sido. Allí moraba, allí pasaba su existencia alguien á quien ella se consideraba unida con lazos que, si bien no reconocidos en la tierra, los llevarían juntos ante el tribunal del juicio final, donde quedarían enlazados para un futuro común de retribución inextinguible. El tentador del género humano había presentado repetidas veces esta idea á la mente de Ester, y se reía del gozo apasionado, al mismo tiempo que lleno de desesperación, con que ella al principio la acogía, y después se esforzaba en rechazarla. Apenas acariciaba semejante idea, cuando ya quería destruirla. Lo que al fin quiso creer, lo que ella misma consideró la razón suprema para continuar viviendo en aquel sitio, era en parte verdad y en parte una ilusión con que trataba de engañarse. Aquí, se decía para sus adentros, cometí mi falta, y aquí debe efectuarse mi castigo terrenal; y quizás de este modo las torturas de su diaria ignominia purificarán al fin su alma, dotándola de una nueva pureza en cambio de la que había perdido, más sagrada puesto que sería el resultado del martirio.