Su imaginación estaba un tanto afectada, y á haber poseído menos fibra intelectual y moral, se habría afectado aun mucho más, en consecuencia de la soledad y de la angustia continua en que vivía. Yendo al reducido mundo exterior con que estaba en relaciones y regresando á su morada, y siempre solitaria en esos paseos, creyó Ester, ó se imaginó creer, que la letra escarlata la había dotado de un nuevo sentido. Se estremecía al pensar, y no podía menos de pensar así, que aquella le proporcionaba una especie de conocimiento intuitivo de las culpas secretas de otras almas. Las revelaciones que de este modo se presentaron á sus ojos la llenaban de terror. ¿Y cuáles eran? ¿Pero qué podían ser sino las insidiosas insinuaciones del ángel malo, que habría deseado persuadir á aquella mujer, que estaba luchando y era solo su víctima á medias, que el aspecto exterior de pureza no era más que una mentira, y que si la verdad se conociera, la letra escarlata brillaría en más de un seno, y no únicamente en el de Ester Prynne? ¿Debía ella acaso recibir esas obscuras insinuaciones como si fueran una cosa real y positiva? Esta especie de sentido sobrenatural de que se creía dotada, era de lo más terrible é insoportable que hubiese experimentado en el curso de su desgraciada existencia. La llenaba de perplejidad y de malestar, pues á veces aquella marca roja de infamia en el pecho de su vestido, parecía como si latiera y se agitase cuando Ester pasaba junto á un venerable eclesiástico ó magistrado, modelos de piedad y de justicia, á quienes el mundo contemplaba como si fueran los compañeros de los ángeles.
—¿Qué malvado pasa junto á mí? Se decía Ester para sus adentros.
Y levantando con repugnancia la cabeza veía que en aquellos alredederes no había más ser humano que aquel hombre que todos consideraban un santo. Otras veces creía tener á su lado á una hermana en la culpa, y al levantar los ojos tropezaba con la forma de una devota y áspera matrona, cuyo corazón, según la creencia pública, había sido un pedazo de hielo durante toda su vida. Aquel hielo en el pecho de la matrona y la candente ignominia de Ester ¿qué tenían de común? Otras veces el estremecimiento eléctrico le daba la señal, como si le dijera: "Ester, ahí tienes una compañera,"—y al alzar los ojos, veía á una joven doncella que contemplaba la letra escarlata, á hurtadillas, y se alejaba rápidamente con un ligero rubor en las mejillas, como si su pureza se hubiera empañado con aquella ojeada instantánea. Semejante falta de fe en la virtud de los demás, es una de las consecuencias más tristes del pecado. Pero una prueba de que en esta pobre víctima de su propia fragilidad y de la dureza de las leyes del hombre, la corrupción no había hecho mucho progreso, consistía en la constante lucha de su espíritu para creer que ningún mortal era tan culpable como ella misma.
El vulgo, que en aquellos rudos tiempos añadía siempre el elemento de lo grotesco á todo lo que hiriera su imaginación, había inventado una historia acerca de la letra escarlata, que fácilmente podríamos convertir en una terrible leyenda. Afirmaban que aquel símbolo no era simplemente un paño escarlata, teñido con un color que era obra del hombre, sino que el rojo ardiente lo producía el fuego del infierno, y se le podía ver brillar con todo su fulgor cuando Ester se paseaba sola, junto á su morada, durante la noche.
VI
PERLA
HASTA ahora apenas hemos hablado de la niña; de la criaturita cuya inocente vida parecía una bella é inmortal flor brotada en medio de la excesiva lozanía de una pasión criminal. ¡Cuán extraña se presentaba esa niña á los ojos de la triste mujer, á medida que ésta contemplaba el desarrollo y la hermosura, cada vez más brillante, y la inteligencia que iluminaba con sus trémulos rayos las delicadas facciones de su hija, de su Perla! Tal era el nombre que le había dado Ester, no porque tuviese analogía alguna con su aspecto, pues no tenía nada del blanco, tranquilo y frío lustre que podría indicar la comparación; sino que la llamó "Perla," por haberla obtenido á un gran precio, por haberla comprado en realidad con todo lo que ella poseía, con lo que era su único tesoro. ¡Cuán singular era todo esto! El hombre había hecho patente la falta de esta mujer por medio de una letra escarlata dotada de tan grande y desastrosa eficacia, que impedía que aquella fuera objeto de las simpatías humanas, á no ser de personas igualmente culpables. Pero la naturaleza, en compensación de esta falta que el hombre había castigado, la dotó de una niña encantadora, que reposaba en aquel mismo seno infamado por la ley, para poner por siempre á la madre en relación con la raza humana, y para que llegara al fin á ser un alma escogida en el cielo. Sin embargo, estas ideas llenaban la mente de Ester con sentimientos de temor más bien que de esperanza. Sabía que su acción había sido mala, y por lo tanto no podía creer que sus resultados fueran buenos. Con creciente sobresalto contemplaba el desarrollo de la criatura, temiendo siempre descubrir alguna peculiaridad sombría y extraña, que guardara correspondencia con la culpa á que debió el ser.
Defecto físico no había ninguno en la niña: por su forma perfecta, por su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era digna de haber nacido en el Edén; de haber sido dejada allí para que jugara con los ángeles, después de la expulsión de nuestros primeros padres. Poseía una gracia ingénita que no siempre acompaña á la belleza perfecta: su traje, á pesar de su sencillez, despertaba en el que la veía la idea de que era precisamente el que más le convenía. Pero la tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre, merced á cierta tendencia mórbida, que más adelante se comprenderá mejor, había comprado las telas más ricas que pudieran procurarse y daba rienda suelta á su fantasía creadora en el arreglo y adorno de los vestidos de la niña, cada vez que ésta se presentaba en público. Tan magníficamente lucía aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al través de los trajes vistosos que habrían podido apagar una hermosura mucho menos radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un círculo de fulgente luz en el suelo de la obscura cabaña. El aspecto de Perla tenía un encanto de infinita variedad: en aquella niña se compendiaban y resumían muchos niños, comprendiendo desde la belleza á manera de flor silvestre de un niño campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una princesita. En toda ella había sin embargo algo de apasionado, una cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de sus cambios ese color se hubiera vuelto más débil ó más pálido, habría cesado de ser ella, no habría sido Perla.
Esta movilidad externa indicaba y expresaba completamente las diversas condiciones de su vida interior. Parecía que en su naturaleza la profundidad se hermanaba con la variedad; pero, á no ser que los temores de Ester la engañasen, diríamos que le faltaba la facultad de adaptarse al mundo en que había nacido. La niña no podía someterse á reglas fijas. Al darle la existencia, se había quebrantado una gran ley moral, y el resultado fué un sér cuyos elementos tal vez eran bellos y brillantes, pero en desorden, ó con un orden que les era peculiar, siendo difícil, ó casi imposible, descubrir donde empezaban ó terminaban la variedad y el arreglo. Ester únicamente podía darse cuenta del carácter de Perla, y eso de una manera vaga é imperfecta, recordando lo que ella misma había sido durante aquel período crítico en que el alma y el cuerpo de la niña se estaban formando. El estado de agitación apasionada en que se hallaba la madre había servido para transmitir á la criaturita por nacer los rayos de su vida moral; y por claros y puros que fueran primitivamente, habían adquirido ciertos tintes ya vivos y brillantes, ya intensos y sombríos. Pero sobre todo, se había perpetuado en el alma de Perla aquella violenta lucha que reinaba en el ánimo de Ester, quien podía reconocer en su hija el mismo espíritu libre, inquieto, provocativo y desesperado, y la misma ligereza de su carácter, y aun algo del mismo abatimiento que se había apoderado de su corazón. Ahora todo eso estaba iluminado por los rayos de la aurora que doran el cielo de la infancia, pero más entrado el día de la existencia terrenal, pudiera ser fecundo en torbellinos y tempestades.
La educación de la familia era en aquellos tiempos mucho más severa que ahora. El entrecejo, la reprensión áspera y la aplicación de la correa ó de las varillas, no tenían por objeto castigar solamente faltas cometidas, sino que se empleaban como un medio saludable para el desenvolvimiento de todas las virtudes infantiles. Sin embargo, Ester, la madre solitaria de esta su única hija, corría poco riesgo de pecar por demasiado severa. Teniendo plena conciencia de sus propios errores y de sus infortunios, trató desde muy temprano de ejercer una estricta vigilancia sobre la tierna alma cuyos destinos estaban á su cargo. Pero esta tarea era superior á sus fuerzas, ó á su capacidad. Después de probar tanto la sonrisa como el entrecejo, y viendo que nada ejercía una influencia notable, decidió por fin dejar que la niña obedeciera á sus propios impulsos. Por supuesto que la restricción ó la compulsión producían su efecto mientras estaban vigentes; pero toda otra clase de disciplina moral, ya se dirigiere á su inteligencia ó á su corazón, daba ó no daba resultados según fuera la disposición caprichosa de su ánimo á la sazón. Cuando Perla era todavía muy tierna, su madre había observado en ella cierta expresión peculiar de la fisonomía, que era señal de que entonces todo cuanto se hiciera para que la niña obedeciese sus órdenes sería en vano. Aquella expresión era tan inteligente, y sin embargo tan inexplicable, tan perversa, y á veces tan maligna, aunque en lo general acompañada de una gran exuberancia de extravagante buen humor, que Ester no podía menos de preguntarse si Perla era en realidad una criatura humana. Parecía más bien un espíritu aéreo que, después de haberse divertido con sus juegos fantásticos en el suelo de la cabaña, desaparecería en los aires con una sonrisa burlona. Siempre que sus ojos profundamente negros y brillantes tomaban esa expresión, la niña semejaba á un sér intangible de indefinible extrañeza. Se diría que se estaba cerniendo en el aire y que podría desvanecerse á manera de una luz que no sabemos de dónde viene ni á dónde irá. Entonces Ester se veía obligada á arrojarse sobre la niña, á perseguirla en la carrera que invariablemente emprendía el pequeño duende, y á estrecharla contra el seno cubriéndola de besos y caricias, no tanto por un efecto de excesivo amor, sino para cerciorarse de que era la misma Perla en carne y hueso, y no una forma completamente ilusoria. Pero la risa de Perla cuando se veía atrapada, bien que armoniosa y rebosando contento, solo daba por resultado aumentar las dudas de su madre.
Herida en el corazón por esta especie de misterio indescifrable y desconcertador que con tanta frecuencia se interponía entre ella y su único tesoro, tan caramente adquirido, y que era todo su universo, Ester rompía á veces en amargo llanto. Entonces, y sin saber por qué, Perla fruncía el entrecejo, cerraba el puño, y daba á su pequeño rostro una expresión dura, severa y de seco descontento; ó bien prorrumpía de nuevo en una risa más ruidosa que antes, como si fuera un sér incapaz de sentir y comprender el pesar humano; ó acaso, aunque muy raramente, experimentaba convulsiones de dolor, y en medio de sollozos y palabras entrecortadas expresaba su amor hacia su madre, y parecía que deseaba probar que tenía un corazón haciéndoselo pedazos. Sin embargo, Ester no confiaba mucho en aquel exceso de ternura, que pasaba con tanta rapidez como se había presentado. Pensando en todas estas cosas, la madre se encontraba en la posición de una persona que ha evocado un espíritu, como se lee en las historias fantásticas, pero que ignora la palabra mágica con que debe mantener bajo sus órdenes y dominar aquel poder misterioso. Sus únicas horas de completa tranquilidad eran cuando la niña yacía en el reposo del sueño. Entonces estaba plenamente segura de la criaturita, y gozaba de deliciosa y apacible felicidad hasta que, acaso con aquella perversa expresión que se veía vislumbrar bajo los entreabiertos párpados,—Perla despertaba.