—¿Eres tú en realidad mi hija? le preguntó Ester.
Y no fué una pregunta ociosa la que hizo, sino que, en aquel momento, así lo sentía; porque era tal la maravillosa inteligencia de Perla, que su madre hasta llegaba á imaginarse que la niña conocía la secreta historia de su existencia y se la revelaría ahora.
—Sí; yo soy tu pequeña Perla, repitió la niña continuando sus cabriolas.
—¡Tú no eres mi hija! ¡Tú no eres mi Perla! dijo la madre con aire semi risueño, porque frecuentemente en medio del más profundo dolor le venían impulsos festivos.—Díme, pues, quién eres y quién te ha enviado aquí.
—Dímelo, madre mía,—respondió Perla con acento grave, acercándose á Ester y abrazándose á sus rodillas,—dímelo, madre, dímelo.
—Tu Padre Celestial te envió, respondió Ester.
Pero lo dijo con una vacilación que no escapó á la viva inteligencia de la niña; la cual, bien sea movida por su ordinaria petulancia, ó porque un maligno espíritu la inspirara, levantando el dedito índice y tocando la letra escarlata, exclamó con acento de convicción:
—No; Él no me envió. Yo no tengo Padre Celestial.
—¡Silencio, Perla, silencio! Tú no debes hablar así,—respondió la madre suprimiendo un gemido. El Padre Celestial nos ha enviado á todos á este mundo. Hasta me ha enviado á mí, tu madre; y con mucha mayor razón á tí. Y si no ¿de dónde has venido tú, niña singular y caprichosa?
—Dímelo, dímelo,—repitió Perla, no ya con su carita seria, sino riendo y dando brinquitos en el suelo. Tú eres quien debes decírmelo.