—¡Esto es horrible!—exclamó el Gobernador volviendo lentamente del asombro que le había causado la respuesta de Perla. He aquí una niña de tres años de edad, que no sabe quién la ha creado. No hay duda de que en la misma ignorancia se encuentra respecto á su alma, su actual perversidad y su futuro destino. Me parece, caballeros, que no hay necesidad de proseguir adelante.
Ester tomó entonces á Perla y la estrechó entre sus brazos, mirando al viejo magistrado puritano casi con una feroz expresión en los ojos. Sola en el mundo, arrojada de él como fruto podrido, y con este único tesoro que era el consuelo de su corazón, tenía la conciencia de que poseía derechos indestructibles contra las pretensiones del mundo, y se hallaba dispuesta á defenderlos á todo trance.
—Dios me ha dado á esta niña, exclamó. Me la ha dado en desquite de todo aquello de que he sido despojada por vosotros. Es mi felicidad, y al mismo tiempo mi tormento. Perla es quien me sostiene viva en este mundo. Perla también me castiga. ¿No véis que ella es la letra escarlata, capaz solamente de ser amada y dotada de un poder infinito de retribución por mi falta? No me la quitaréis: primero moriré.
—Pobre mujer, dijo con cierta bondad el anciano eclesiástico, la niña será muy bien cuidada, tal vez mejor que lo que tú puedes hacer.
—Dios la confió á mi cuidado, repitió Ester esforzando la voz. No la entregaré.
Y entonces, como movida de impulso repentino se dirigió al joven eclesiástico, al Sr. Dimmesdale, á quien, hasta ese momento apenas había mirado, y exclamó:
—¡Habla por mí! Tú eras mi pastor, y tenías mi alma á tu cargo, y me conoces mejor que estos hombres. Yo no quiero perder á mi hija. Habla por mí: tú sabes,—porque estás dotado de la conmiseración de que carecen estos hombres,—tú sabes lo que hay en mi corazón, y cuáles son los derechos de una madre, y que son mucho más poderosos cuando esa madre tiene sólo á su hija y la letra escarlata. ¡Mírala! Yo no quiero perder la niña. ¡Mírala!
Á este llamamiento frenético y singular que indicaba que la posición actual de Ester casi la había privado del juicio, el joven eclesiástico se adelantó pálido y llevándose la mano al corazón, como era su costumbre siempre que su nervioso temperamento le ponía en un estado de suma agitación. Parecía ahora más lleno de zozobra y más extenuado que cuando lo describimos en la escena de la pública ignominia de Ester; y bien sea por lo quebrantado de su salud, ó por otra causa cualquiera, sus grandes ojos negros revelaban un mundo de dolor en la expresión inquieta y melancólica de sus miradas.
—Hay mucha verdad en lo que esta mujer dice,—comenzó el Sr. Dimmesdale con voz dulce y trémula, aunque vigorosa, que resonó en todos los ámbitos del vestíbulo;—hay verdad en lo que Ester dice, y en los sentimientos que la inspiran. Dios le ha dado la niña, y al mismo tiempo un conocimiento instintivo de la naturaleza y las necesidades de ese tierno sér, que parecen muy peculiares, conocimiento que ningún otro mortal puede poseer. Y, además, ¿no hay algo inmensamente sagrado entre las relaciones de esta madre y de esta niña?
—¡Ah! ¿cómo es eso, buen Sr. Dimmesdale?—interrumpió el Gobernador,—os ruego que aclaréis este punto.